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Nick: HELIOGOBALO

Viajar es despegarte de tu mundo por un tiempo.

 PATERAS

 Escribe el relato: julio

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Hay días engañosos que se presentan de una forma y acaban siendo de otra totalmente distinta, que presentan una cara para acabar mostrando su verdadero rostro según avanza el mismo, y este indudablemente fue uno de lo más engañosos de mi vida.

Las agujas marcan las nueve de la noche en el gran reloj que domina la pared revestida de blanco que hay tras nosotros. Y es debajo de ese reloj, cuando en medio de un mar de abrazos, besos y buenos deseos y agradecimientos en varios idiomas dejamos a nuestros nuevos amigos en el andén 17 de la estación de autobuses de Almería para que esperen la salida del autobús que les llevará a Madrid para encontrase, esperemos, con su tío. Nos alejamos no sin antes dar un último vistazo y despedirnos de ellos con un gesto de la mano. Ha sido un día largo, lleno de emociones, de altibajos emocionales sorprendente, y estamos, yo por lo menos lo estoy, cansados. Cuando salimos de la estación ya ha anochecido. Nos montamos en los coches y comenzamos nuestra vuelta a la casa.

El día se ha levantado muy nublado y de vez en cuando algunas gotas de lluvia nos hacen pensar que quizás no sea la mejor jornada para ir a la playa.  Sentados alrededor de la gran mesa de la terraza, a la que hemos abierto las alas laterales para dar cabida a todos, bajo una cubierta hecha de cañizo que nos protege o así de la intermitente llovizna, el grupo de 12 amigos que estamos pasando juntos unos días de vacaciones disfrutamos de un magnifico desayuno;  uvas, pequeños pedazos de sandía de intenso color rojo, amarillos melocotones, café, tostadas de pan recién hechas, mermelada de fresa, aceite de oliva, tomate recién rayado, galletas con y sin chocolate, leche de avena, leche semidesnatada, cola cao…  Entre sorbos de café y mordiscos a las tostadas intentamos decidir qué hacer durante esta mañana de color plomizo, pues todos confiamos en que por la tarde abrirá y podremos disfrutar de nuestra ración diaria de sol y playa.

  • Una buena opción es Nijar- dicen al unisonó José y Daniela- Es un pueblo muy bonito…
  • Sí, la plaza es preciosa –les apoyo encantado con la idea de ver de nuevo ese pueblito- y además tiene una artesanía muy colorida y curiosa.
  • Ya, pero…- comienza a decir Yolanda.
  • Nijar sííí-  apoya también Adriana
  • Pero, ¿está cerca? – interrumpe Yasmin.
  • Chicas – dice Nati en un tono de voz lo suficientemente alto como para sobreponerse a la conversación general- nos estamos quedamos sin pan para las tostadas. Si os parece Alba, Valen y yo bajamos al super para comprar un par de barras más.  

Aceptamos la idea y vemos a las chicas, que tras cambiarse los pijamas por algo más de calle y después de recoger el monedero donde está el dinero con el fondo que hemos hecho para las compras en común, bajar las escaleras para cruzar el pequeño jardín y salir a la calle para dirigirse al cercano comercio. Mientras, el resto de nosotros seguimos discutiendo los diversos planes, sin ser conscientes en ese momento que el destino ya ha elegido por nosotros.

Poco después vemos regresar a Valen con el pan, pero sin Nati y Alba.  

  • Chicos -nos dice con el rostro muy serio y en voz baja- ha pasado algo, tenemos que hablar.

En ese instante las conversaciones varias mueren y nos arremolinamos alrededor de Valen.

-Nos hemos encontrado a la puerta del super con dos chicos magrebíes recién llegados en una patera y pensamos ayudarles. ¿Hay alguien que no esté de acuerdo en traerlos a la casa? he quedado en llamarlas con lo que decidamos.

Noto como un sentimiento de alivio en forma de suspiro recorre el grupo.

- Ah, nos habías asustado pensábamos que os había pasado alguna cosa seria. Claro que no tenemos ningún problema en que vengan- dice al fin alguien, reflejando el sentir general.

Nadie pone ningún pero. Nadie hace un gesto de rechazo.

Hay un minuto de silencio, nos miramos unos a otros y asentimos con la cabeza, mientras Valen coge el móvil.

 Al poco aparecen sonrientes por el jardín nuestras dos amigas acompañadas de dos muchachos de aspecto terriblemente cansado.

Los miro mientras suben las escaleras. Son muy jóvenes, no muy altos, de piel blanca pero ligeramente quemada por el sol en sus mejillas, pelo negro y mirada algo tímida y un poco alucinada que visten camisetas llenas de barro, vaqueros desteñidos, zapatillas deportivas mojadas y apestan a sudor.

 

Avanzamos. Miro por la ventanilla, no se ve nada. Realmente la gente que vivimos en las ciudades hemos olvidado lo oscura que puede llegar a ser la noche. La estrecha carretera comarcal serpentea entre muros de plástico blanco. Cruzamos por pedanías, pequeñas islas de luz, silenciosas y solitarias.  De vez en cuando desde la carretera vemos el fulgor de unas fogatas entre el mar de invernaderos, que nos hacen ser conscientes de que ahí viven personas. Son los indispensables indeseados, moros y negros principalmente, que trabajan por unos míseros salarios recogiendo las verduras, frutas y hortalizas que al día siguiente inundaran los mercados de toda Europa.  De repente una mujer con un niño en cada mano, sale de un camino vecinal y se pone a andar por el arcén. Unos metros más allá nos cruzamos con un hombre montado en bicicleta, no lleva ninguna luz y a punto estamos de llevárnoslo por delante. Reducimos un poco la velocidad y el conductor pone aún más cuidado.

 

Uno de los chicos el más joven, nos dice que se llama Mouwahid pero acabaremos llamándole Wari ya que ese es su apodo en facebook solo tiene 19 años es delgado y tiene unos rasgos delicados que se ocultan bajo una incipiente barba y cuando habla muestra una dentadura un tanto irregular y terminamos por saber que trabajaba en una peluquería. Más tarde cuando haya cogido confianza se ofrecerá para arreglar el pelo de alguna de las habitantes de la casa, ofrecimiento que increíblemente ninguna de las aludidas aceptó.

Su amigo que se llama Mourad, posteriormente nos contará que su nombre significa deseo concedido, y es el mayor de los dos. Tiene 22 años y es un poco más alto y mucho más fornido que Wari y al igual que este también luce un principio de barba y según nos dice estudiaba antropología en la universidad. A diferencia de su amigo, se le va más reservado y tímido.

Haciendo un hueco en la mesa, si somos sinceros son los únicos que hay sentados alrededor de ella invitamos a los chicos a desayunar. Comen con ganas, algo de fruta, un tazón de leche, unos quesitos que han salido de dios sabe dónde.  Una vez se dan por satisfechos, les dejamos unas toallas y les mostramos la ducha. Aprovechamos cuando se meten en el baño para pedirles su ropa, que nos dan no sin reparo, y ponerla en la lavadora.

Los tres chicos que formamos el grupo buscamos entre nuestra ropa limpia algo que les podamos prestar. Momentos después camisetas, calzoncillos y pares de calcetines están en la gran mesa para que ellos elijan la que quieran al salir de la ducha. La parte más difícil es buscarles unos pantalones ya que los tres somos bastante más altos que los dos chicos. Afortunadamente las chicas sacan un par de pantalones negros que descubriremos les quedan perfectamente.

Los chicos eligen un par de camisetas y aunque no parece hacerles mucha gracia los pantalones negros, no les queda más remedio que usarlos

Dejamos al sol, la ropa de los chicos para que se seque, una vez que ha dejado de chispear y el cielo se está abriendo mostrando un azul precioso.

Solo se oye la música que sale de la radio del coche. Ninguno de nosotros habla. Estoy cansado y creo que los demás también. Imagino que todos vamos sumidos en nuestros pensamientos, ordenando las ideas, aclarando las sensaciones, recolocando los sentimientos que nos ha provocado un día que en principio no prometía nada, más allá de unas horas de turismo inocuo, y que al final ha sido una montaña rusa de nervios y sensaciones. Nos introducimos en San Jose, sus calles a esas horas están vacías y sus comercios, salvo los bares, cerrados. Veo como un gato sale corriendo y saltando una pequeña valla se cuela en un jardín.

 

Una vez saciada su hambre y limpios, los chicos sonríen por primera vez, es una sonrisa si no amplia por lo menos sincera. Amablemente nos piden un teléfono para poder llamar a sus familias. Mientras intentan comunicarse con ellas, Alba y Nati nos cuentan como los chicos han acabado en la casa. Nos dicen que les vieron en la entrada del super y al principio no les dieron más importancia pensando  que no eran sino dos chicos más de los muchos inmigrantes que hay trabajando en los invernaderos de la zona, pero que al poco los chicos se acercaron y comenzaron a hablarles, pero el árabe de mis amigas se limita al  par de palabras por todos conocidas, y el francés de los chicos es bastante básico, y que  fue gracias al carnicero del supermercado que entraba a trabajar justo en ese momento y es marroquí que les hizo de traductor que supieron de su historia. Dijeron que acababan de llegar esa noche en una patera que habían partido de un pueblo cercano a Orán en Argelia la mañana anterior y que formaban parte de un grupo mucho más grande de 16 personas pero que al llegar a tierra cada uno se fue por su lado, salvo ellos que al ser amigos permanecieron juntos, que habían corrido unos seis o siete kilómetros hasta llegar al pueblo, y ahí se quedaron sin fuerzas, que tenían hambre y estaban cansados. Luego de eso que acabasen en la casa solo era cuestión de unos minutos de caminata.

Sin saber muy bien como la casa se ha llenado de gritos y expresiones en árabe. Se mezclan la voz de nuestros amigos con la de sus madres al otro lado del teléfono.  No hace falta conocer el idioma para darse cuenta que transmiten alegría, cariño y amor por ambas partes.  Mientras les escuchamos, bromeamos entre nosotros comentado lo que les dirán sus madres. ¿Pero no te dije que nada de salir el jueves de fiesta? ¿Has comido bien? ¿De dónde has sacado esas ropas? ¿Quiénes son todas esas personas? Los chicos nos hacen asomarnos por turnos a todos al teléfono y saludar a las mujeres que están al otro lado de la cámara, que nos devuelven el saludo. Tras las madres y en sucesivo orden de parentesco terminamos saludando a hermanas, tías, primas, vecinas… Alguien al otro lado del teléfono quizás una prima o una vecina nos da las gracias en nuestro idioma. Luego llega el turno de llamar a los amigos, hacerse una foto con Daniela, la más joven de nuestro grupo, no mucho mayor que ellos, para actualizar su perfil en redes…

Con el móvil, les mostramos donde han desembarcado ya que no tienen ni idea de donde están, solo les dijeron que les dejarían en algún lugar del sur de España

Tras un fallido intento español-árabe con el “google translator”, por medio de Alba que es la única que habla francés aceptablemente, intentamos charlar con Wari, con mucho el más hablador de los dos, nos enteramos que Mourad tiene un familiar, concretamente un tío, en Francia y que se tienen que poner de acuerdo con él para que vaya a buscarles a alguna ciudad española algo más accesible que este perdido rincón almeriense. Tras un par de llamadas conseguimos hablar, para ser justos es Alba quien habla y nosotros solo actuamos de espectadores, con el familiar. La primera posibilidad y la más sencilla para el tío es que viajen a Barcelona, pero viendo por internet los horarios de los autobuses, parece mentira, pero ya son la una del mediodía, comprobamos que ya no salen buses desde Almería a la Ciudad Condal hasta el mediodía del siguiente día. Al final la única opción es Madrid, en dos rápidas consultas confirmamos que aún hay billetes disponibles para el autobús que sale dentro de una hora y nos disponemos a comprarles los billetes. Pero afortunadamente justo en ese momento y cuando estamos a un solo clic de ratón de mandar la orden de compra, recuerdo que, si compras billetes por internet, posteriormente a la hora de subir al autocar ellos tendrán que presentar al conductor su documentación y claro, documentación es lo único que no tienen y que nosotros no les podemos proporcionar.

Así que nada de Nijar, ni cualquier otro pueblecito de blancas casas encaramado en la montaña, nuestro destino es Almería ciudad para poder comprar los billetes del autobús en la taquilla. Sin perder un minuto sale un primer coche con los dos muchachos y tres de nosotros con dirección a la estación de autobuses, mientras el resto una vez hemos terminado de alistarnos y prepararnos nos acercamos a la ciudad con los dos coches restantes unos, bastantes porque no decirlo, minutos después. El viaje hasta la capital es animado dentro del coche, comentamos la odisea de los chicos, las opiniones se dividen entre los que creen que los chicos están viviendo la aventura de su vida, los que opinan que quizás a partir de ahora puede que sea una aventura pero que hasta ese momento  ha sido bastante difícil y nada agradable, y los que no ven la aventura por ninguna parte y son conscientes de los peligros que aún corren estos chicos, como mismamente que les detenga la guardia civil nada más llegar a  la estación.

A las dos en punto estamos todos, argelinos y acompañantes, revoloteando como polillas frente a una bombilla encendida, ante las taquillas de la empresa de autobuses que hace el servicio a la capital.  Solo queda un billete libre para el autobús que sale en media hora. Imposible. Así que, tras una breve reunión, decidimos que a menos que queramos llevarlos nosotros mismos a Madrid, opción que por un momento se barajó muy en serio, la única solución que nos queda es que se vayan en el autobús que sale de Almería a las once de la noche y que llega a Madrid un poco antes de la madrugada y que aún tiene plazas libres. Así que mientras algunos de nosotros nos acercamos a la taquilla para por fin comprar los billetes, Alba llama al tío, a estas alturas ya nuestro familiar también, que imaginamos esta ya viajando desde algún lugar del sur de Francia hacia España y le pone al corriente de los últimos cambios y detalles.

Estamos sentados en la terraza, alrededor de la mesa. Disfrutamos de unas cervezas y de la tranquilidad de la noche. Coincidencia o no ocupamos prácticamente los mismos lugares que ocupábamos por la mañana. Frente a nosotros, iluminadas por la luna se ven la espuma de las olas que rompen suavemente en la pequeña playa de San José. Hablamos en voz baja, comentamos sus sueños, sus ilusiones, tan terrestre y humilde una, tan loca y ambiciosa la otra. Nos extraña que uno sea universitario, no porque tenga estudios si, sino por el impulso de dejarlo todo y arriesgarse de esta forma. También nos extraña el que no quieran juntarse con otros compatriotas,

Son cerca de las tres de la tarde, cae un sol de plomo y no sabemos qué hacer con nuestros nuevos amigos toda la tarde. Nos comentan, cosa lógica, que quieren dormir y descansar, después de una nueva y breve consulta entre todos, quien dijo que el método asambleario estaba muerto, y acordarlo con ellos decidimos ir a la mezquita de Almería. Donde no solo podrán descansar, sino que luego alguien podrá acompañarles hasta la estación. Mirando en “google maps”, gracias siglo XXI, vemos que no estamos muy lejos de la misma y con buen humor y bastante hambre por parte de todos nos dirigimos hacia lo que creemos será nuestra estación final, pero ya sabemos que los destinos del Señor, de cualquier Señor, son inescrutables. Cuando llegamos primera sorpresa la mezquita, situada en los bajos de un feo edificio de tres plantas, con grandes puertas y ventanas metálicas pintadas en verde, y que solo un cartel en español y árabe indica que es un lugar de culto y no un taller de reparación de coches, está cerrada y según nos dicen unas vecinas, solo abre a las horas de la oración. Por si fuera poco, surge un problema imprevisto, nuestros amigos no quieren quedarse solos en esta mezquita, no sé muy bien como lo han averiguado, pero parece ser que la mezquita está regida por marroquíes y nuestros amigos son argelinos y la paz y la armonía que Allah preconiza no parece que reine entre ambos pueblos. No se fían de sus vecinos ni de sus intenciones, y por nuestra parte nuestro último deseo es pasar toda la tarde en una mezquita.

Tras abandonar la mezquita, y sí lo habéis adivinado, juntarnos y hablarlo, optamos por dividirnos en dos grupos. Uno, el mayoritario ya que son siete, se irá al centro de Almería a comer y posteriormente a visitar su vistosa alcazaba, el resto del grupo nos quedaremos por la zona con nuestros amigos y luego nos iremos a la playa, donde nos volveremos a reunir todos. Nos sentamos en una recoleta plaza a la sombra refrescante de un árbol. Cuando se acerca el camarero pedimos unas cervezas y aprovechamos para disfrutar de las afamadas tapas almerienses. Nuestros amigos piden coca-cola y tras consultar la carta unos pinchos de pollo. En la siguiente ronda repetirán con el refresco, pero cambiaremos el pollo por unas berenjenas rebozadas. El frescor de la sombra, las cervezas hacen que todos nos relajemos por un rato y por primera vez no veo en los chicos un gesto de preocupación. Los chicos hablan entre ellos mientras nosotros hacemos lo mismo. Les preguntamos si tienen novia allá en Argelia. Ríen, somos muy jóvenes, dicen, nada de novias. Reímos con ellos. Les preguntamos por sus planes, Wari quiere ser peluquero. Mourad, quizás más ambicioso, pero menos realista le gustaría ser futbolista, como Cristiano Ronaldo nos dice. Nos dicen que entre los dos llevan algo más de 100 € encima y que la travesía desde el pueblito del que zarparon les ha costado 500 € por persona, al oír esto no puedo dejar de hacer en mi cabeza una rápida multiplicación para asombrarme de las ganancias que saca en un día la persona que les ha traído hasta aquí. Se ponen serios y nos dicen que han tardado 19 horas en cruzar el mar de Alborán y según sus propias palabras han visto la muerte de cerca varias veces. Que no quieren ir a Marsella, que está llena de argelinos y eso ya lo conocen de su pueblo.

 Al llegar la hora de pagar e irnos, Mourad saca un billete de 20 € y lo pone encima de la mesa. Les decimos que no, que hoy están invitados. Sonríen y tras guardarse el billete en el pantalón vuelven a decir la palabra más repita hoy “Sucrum”, gracias en árabe.

Despacio, tal y como intuíamos en la mañana se ha quedado una tarde espectacular y hace mucho calor, y aprovechando la sombra que proporcionan árboles y edificios desandamos el camino para volver a la estación y de ahí llegar a la playa. Los chicos, se han cambiado la ropa que les habíamos dado, nunca se sintieron a gusto con los pantalones negros de chica, y se han puesto sus vaqueros ya secos, en el aseo del restaurante. Les miro. Podrían pasar sin problema por unos almerienses más.

En el camino, cerca de la estación nos encontramos con el resto del grupo.

Cuando estamos a punto de llegar a la playa, Alba les comenta:  Sabéis que en Europa algunas mujeres se quitan la parte de arriba del biquini en la playa ¿verdad? ellos se miran y asienten con la cabeza.

Buscamos un sitio en la playa, no hemos terminado de extender las toallas, ni quedarnos en bañador cuando sin pérdida de tiempo Cris, Yolanda y Eva se quitan la parte superior del biquini y se tienden a tomar el sol. Las bromas no tardan en surgir.

-Cris -la digo riendo- tu eres consciente de que posiblemente las tuyas son las primeras tetas que estos chicos ven su vida.

- Pues entonces mejor para ellos - me contesta Cris - pero que vayan espabilando que ya no están en su país.

Todos nos bañamos, salvo los chicos que parece que ya han tenido bastante mediterráneo por una temporada y que están sentados totalmente vestidos en unas toallas.

Vemos el ferry que viene de Melilla y como se adentra en el puerto. A su paso provoca una inmensa ola que es disfrutada por los niños en la playa. Pasamos el resto de la tarde tomando el sol y bañándonos, salvo nuestros amigos que no se mueven de donde se sentaron al principio

No son las ocho, cuando salimos de la playa y nos dirigimos de nuevo a la estación.  Al llegar se nos quita el miedo de que puedan detenerlos. La estación está abarrotada, hay gente por todos lados, sentada en los bancos, tirada en el suelo, haciendo cola delante de las taquillas. Es un crisol de gente, eso sí la mayoría de ellos se nota que no están de vacaciones. Vemos magrebíes con toda la pinta de ser temporeros, subsaharianos con grandes bolsas llenas de vete a saber que, españoles que van o vienen de alguno de los pueblos de la zona. Vemos como ajena a todo el ajetreo, a los gritos, al trasiego de bultos la pareja de la Guardia Civil charla despreocupadamente con el vigilante jurado de la estación. Decidimos dejar ya a nuestros acompañantes en su andén y volver a casa.

 

Nos despertamos al día siguiente y mientras desayunamos todos coincidimos en que nuestro primer pensamiento ha sido para nuestros amigos. Pasamos el domingo, inquietos, nerviosos, mirando y preguntando a Alba si sabe algo.  Esta anocheciendo cuando por fin Alba nos lee un mensaje que le ha mando Wari donde nos comunican que ya están en Burdeos. Al mensaje le acompaña un pequeño video donde se les ve en medio del mar en la lancha que les trajo a su nueva vida.


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